Manuela
Es la hora. Como todos los martes hoy voy a visitar a Manuela. Me adentro por las callejas del Raval hasta llegar a su casa, y ante mis narices los más exóticos paisajes van desfilando trasladándome a lugares lejanos que jamás conoceré. En contraste, al llegar a casa de Manuela, el aire que respiro me lleva de golpe a otra realidad, más antigua, más familiar.
Manuela vive en esa casa desde que nació. Ya vivían ahí sus padres y sus abuelos. No es mujer de muchas palabras, su vida la ha llevado a economizar en todo desde niña. Cuando se decide a hablar conmigo, sus palabras son siempre parcas, pero justas.
De mi primera visita a Manuela lo que más me marcó fue el olor de su casa, que me trasladó de golpe a casa de mi propia abuela. ¿porqué será que las casas de las abuelas siempre huelen así? Esa mezcla un punto rancia, pero que el permanente rastro de la lavanda hace que resulte acogedora, mezclado todo con aromas de tantos platos allí cocinados.
Cuando la ví me pareció un ser frágil, si soplo fuerte la haré caer, me dió por pensar. Su cabello corto, blanco, enmarcaba perfectamente una cara sin embargo digna, perfilada por cientos de arrugas. Entré en su casa en penumbra siguiendo su lento caminar. Yo había empezado a colaborar con una asociación que acompaña a gente mayor, y Manuela había pedido a alguien que fuese a su casa a leerle. Se estaba quedando ciega.
Al principio leíamos periódicos. Yo leía en voz alta y ella escuchaba. Apenas decía nada. A la cuarta visita no había ningún periódico sobre la mesa. Como si huebiese superado la prueba lectora, había dejado allí un libro. Era una antología poética de Miguel Hernández. ¿Has leído poesía?, me preguntó. Yo nunca había leído poesía.
Desde ese día leímos a muchos poetas. Me descubrió también a un grupo de mujeres, “las sinsombrero”, compañeras de generación de Hernández, Lorca, Alberti y compañía, geniales también, pero olvidadas por casi todos. Los ojos de Manuela, apagados por el glaucoma que los consumía, brillaban en cambio al escuchar las palabras de esos poetas en mi voz. Y yo aprendí a amar la poesía
Al llegar hoy a casa de Manuela ella ya no estaba. En su lugar me he encontrado a una mujer de unos 60 años. Se ha presentado como la sobrina de Manuela, y al verla trajinar con sus cosas sin ningún miramiento casi arranco a llorar de dolor y de rabia. Estaba vaciando el piso, supongo que lo venderá ahora que Manuela ha fallecido. Cuando ya me iba de allí, esa mujer me ha llamado. Mi tía quiere que te quedes con todos estos libros, en el hospital insistió en que te los hiciese llegar. Si no los quieres no te preocupes, los llevaremos a la iglesia con el resto de sus cosas.
Y de allí he salido cargado con 2 cajas de libros, entonces sí, llorando por Manuela, oliendo sus libros pegados a mi nariz, triste, y a la vez agradecido por el tesoro tan grande que me ofreció en vida, y por la huella de ese tesoro, amontonado en estas cajas. He recordado de repente algo que leímos una vez, seguro que escondido entre alguno de estos libros:
“No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida”.
Comentarios
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada...
Excelso Miguel Hernández