Masoquismo psicoafectivo

Aquel día la vida de Benito cambió para siempre. El siguiente candidato prometía. Un curriculum impecable, dos masters cursados en las mejores universidades de EEUU y Alemania. Cinco años trabajando en Ginebra para una gran multinacional de las telecomunicaciones.
Benito se preguntaba por qué justo ahora, con la que estaba cayendo por aquí, este tal Raül había vuelto a Catalunya y estaba buscando trabajo.
Lo hizo pasar. Como siempre, le gustaba dejar a cada candidato solo en el despacho unos minutos y observarlo sin ser visto. La actitud del candidato mientras esperaba siempre le parecía interesante. Consideraba que podía darle más información incluso que la entrevista en sí misma. Cuando Benito miró a través del cristal ahumado del despacho y vió a Raül, un escalofrío recorrió su espalda y volvió a sentir aquel nudo que durante tantos años atenazó su pecho. Un recuerdo se apoderó de él como si volviese a vivirlo de nuevo.

Benito sale de casa con el tiempo justo para llegar a la escuela un par de minutos antes de que empiecen las clases. Entra en el aula cabizbajo y se dirige directamente a su pupitre. A su espalda no puede evitar escuchar una risita burlona, preludio de lo que el día le tiene preparado.

Hace 3 años que Raül decidió volver a casa. No le costó encontrar trabajo. Estaba acostumbrado a conseguir lo que se proponía, y, efectivamente, después de tres entrevistas fue contratado en una “start-up” especializada en crear aplicaciones móviles para todo tipo de empresas. Una vez más acertó En estos tres años la empresa ha crecido de forma exponencial y ahora está considerada entre las mejores del sector.
Raül ya casi ha olvidado sus últimos años en Ginebra, cree que por fin ha podido dejar atrás los motivos que le llevaron a abandonar un buen trabajo y una vida ya en marcha lejos de su Barcelona natal.
Raül piensa que su jefe es raro. No sabe por qué, pero siente que no le cae bien. Quizá es por cómo lo mira, o por cómo no lo mira, con ese modo de hablarle sin mirarlo nunca a los ojos. A pesar de todo cree que acertó al aceptar el trabajo.


Benito ya no era Benito. Seguía dirigiendo su empresa eficazmente, pero había dejado de llevar las riendas de su vida. Una única obsesión conducía todos los actos de su día a día. Quería estar cerca de Raül, el puto Raül, como lo llamaba para sus adentros. Sentir su presencia, su olor, comprobar cada día que seguía siendo el ser más hermoso que jamás había visto, y que esa belleza turbadora podía más que todo el odio que a la vez había sentido por él años atrás. En el fondo era un odio cargado de morbo y pasión. Su terapeuta lo llamaba masoquismo psicoafectivo, un trastorno que después de costosas sesiones de terapia creía haber dejado atrás. Pero había bastado cruzarse de nuevo con él para borrar de un plumazo todo aquel esfuerzo. Ahora se sabía atrapado para siempre. Raül ni siquiera se acordaba de él. Y el pobre Benito, iluso, creía que eso le daba una ventaja, una posición privilegiada desde la que poseer de alguna manera a su odiado amor, a su puto Raül.

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