Agustina

Pasó más de media hora discutiendo con aquella azafata de la oficina de Rent a Car. Había alquilado a través de la web un coche por un buen precio para moverse con libertad en su viaje por Italia, pero nadie le dijo que debería depositar 2500€ de fianza por el vehículo además de pagar el alquiler. La azafata no se alteraba a pesar de los gritos de Agustina, curtida como estaba en ese tipo de discusiones. Permanecía serena pero inflexible a pesar de las protestas.
Agustina pagó los 2500€, agotando el crédito de su visa, que guardaba celosamente para cualquier imprevisto que pudiese surgir en su viaje.
Le entregaron las llaves de un citroen C3, nuevo, con ese olor inconfundible de los coches recién salidos del concesionario.
Ella, ya al volante, tomó la autopista y se alejó rápidamente del aeropuerto. Conducía sin pensar demasiado a dónde ir, ofuscada aún por el altercado con la impertérrita azafata. Hacía un día radiante. Se dijo a sí misma, aquí estoy, bajo el sol de la Toscana, y se imaginó emulando a Diane Lane en aquella romanticona película. Sonrió, por primera vez en mucho tiempo.

Agustina era consciente de que había huído desapareciendo de aquella manera. De su casa, de su gente, de sus problemas, pero sobre todo de aquella relación emponzoñada, que a punto había estado de acabar con ella, sorbiendo su autoestima, devorando su alma lentamente hasta casi convertirla en una muñeca de trapo en manos de aquel ser tan despreciable y manipulador. No había sabido acabar con aquella historia de otra manera más que huyendo. ¿Cómo podía en un tiempo haber estado enamorada de él? ¿Cómo había sido posible? Pero ya no.
La distancia le había devuelto la sonrisa, le estaba permitiendo poco a poco volver a respirar su propio aire, decidir por sí misma lo que quería hacer, o decidir que no quería decidir ya más nada.
Conducía y conducía, y empezó a hablar en voz alta para ella misma al principio, pero al poco se dio cuenta que le hablaba al coche, acariciaba el volante, se sentía arropada por la tapicería del asiento, sujetaba el cambio de marchas como si la mano le estuviese dando. Y le contó lo que había sido su vida/muerte aquellos dos últimos años, y mientras lo hacía pudo entender muchas cosas, y lloró mucho, y a punto estuvo de perder el control del vehículo un par de veces, obnubilada por las lágrimas. Pero se rehizo a tiempo.
Recorrió algunas de las ciudades que habían marcado su infancia y juventud. Siena, Pisa, Arezzo, Florencia… Y le pasaron muchas cosas que ahora no viene al caso recordar. Y se perdió por los caminos, y llegó a dormir algunas noches en el asiento de atrás del coche, envuelta tan solo en una manta. Se sentía segura allí. Y al final ya no lloró más, y le contó al coche lo que quería que fuese su vida a partir de aquel momento. Y sellaron un pacto, el coche y ella. Sin palabras sellaron un pacto, y se mostraron resueltos a cumplirlo.


Han transcurrido más de dos meses desde aquel viaje. Agustina está de vuelta en Barcelona. No piensa devolver el coche, es ya su coche, pase lo que pase, digan lo que digan, se ponga como se ponga la despreciable azafata de la oficina de Rent a Car. No entiende cómo ha pasado, tampoco se lo plantea en realidad, es todo tan absurdo… Pero el vínculo que se ha formado entre ella y ese coche, es tan íntimo, y tan poderoso, que no soportaría que otra persona pudiese conducirlo.

Comentarios

Entradas populares