Sobre Mortal y Rosa
Quién te iba a decir que algún día leerías un libro suyo. Y además que lo disfrutarías así. Recuerda la primera vez que escuchaste sus palabras escritas. Fue en aquella clase de escritura, hará unos tres años. Escuchad este fragmento, os dijo a ti y a todos la profesora que impartía el curso. Mencionó al autor antes de empezar a leer, y tú al instante activaste esa animadversión que no puedes controlar, movida por los prejuicios que tanto detestas cuando los descubres en los demás.
Pues bien, leyó aquel fragmento, y te sorprendiste a ti mismo llorando ante lo que acababas de oír. ¿Como un indeseable, un capullo, sí, lo puedes decir, nadie te escucha ahora, como un capullo arrogante, antipático, engreído y tan soberbio, puede escribir con esa inaudita sensibilidad? ¿Cómo puede hablar así de su dolor, poner las palabras justas a un sentir que tanto cuesta expresar?
Saliste de allí decidido a saber más, a leer algún libro de ese odioso escritor. Te diste una vuelta por el mercado de libros viejos, preguntando por Mortal y Rosa a los libreros, revolviendo entre aquel sin fin de literatura de lo más variopinta. Finalmente uno de aquellos vendedores te comentó que te podía conseguir el libro en cuestión. No lo tengo aquí, te dijo, pero en la tienda creo que guardo algún ejemplar.
Al día siguiente te llegaste hasta aquella tienda, en la otra punta de la ciudad. Entraste en aquel lugar lleno de libros por todas partes, amontonados encima de mesas, levantando pilares en el suelo, colgados también en las estanterías que tapizaban todas las paredes. Un espectáculo digno de ser visto. Mientras el librero desapareció de camino al almacén, pudiste revolver entre todos aquellos libros. Siempre igual, las librerías te pierden. Saliste de allí con Mortal y Rosa, y cuatro o cinco ejemplares más que creías ya imposibles de encontrar.
De camino a casa, en el tren, empezaste a leerlo, y confiésalo, te pareció un tostón. Después aún volviste a intentarlo una o dos veces y nada, no pasabas de las primeras páginas. Finalmente lo dejaste de lado, ante la tentación de aquella novela que te acababan de regalar y que prometía mil y una aventuras.
Vale, voy a intentarlo. Me lo tomo como una señal del destino.
Esmeralda nos ha propuesto algunas lecturas, y entre ellas ha vuelto a aparecer Mortal y Rosa. Tiene que gustarle mucho, he pensado. Por otro lado, casi siempre que me he dejado guiar por sus consejos a la hora de leer un libro no me ha ido nada mal.
Paso del prólogo, la otra vez que lo intenté fue tan aburrido que creo que por eso se me atragantó.
Sé que la motivación que tuvo el autor para escribirlo fue la muerte prematura de su hijo. Solo eso ya me causa respeto, he convivido de cerca con la muerte y nunca me ha resultado fácil hablar de ello. Me intriga saber cómo alguien puede escribir todo un libro sobre el tema.
Primera sorpresa. El señor Paco empieza riéndose de sí mismo, de su trasnochada virilidad, de su pelo pobre, de su torpeza en la vida y con las mujeres. Dos conceptos al respecto de todo esto han echado raíces en mi cabeza: el antropoide y el monosabio. No aparece la muerte de momento.
Cambio de tercio, hermosos recuerdos de la infancia de su hijo, paseos los domingos por las calles vacías, mientras todos acudían a misa. Las calles para ellos solos, la ciudad para ellos solos.
De repente me está contando recuerdos de su infancia, hay un pasaje en el que habla de un cuadro, colgado de las paredes de la sacristía. El señor Paco fue monaguillo. Y aquel cuadro, con toda su fastuosidad, con todo aquel lujo, le hacía viajar a mundos imaginarios, para evadirse de todo lo gris que le rodeaba.
Sus años de estudiante universitario, viviendo en la gran ciudad, Madrid, imagino, aunque no la nombra. Habitando en pensiones y hostales de dudosa reputación.
Reflexiona ahora sobre el hecho de escribir, sobre el punto de vista del lector, y lo que el lector ve y puede imaginar del escritor a través de sus palabras.
A día de hoy sigo leyendo el libro. Cada vez que lo abro no veo el momento de dejarlo. El otro día bajé del tren y seguía leyendo por la calle, casi arroyo a una anciana que se cruzó por mi camino.
Señor Paco, una cosa le digo, no se preocupe, si en aquella ocasión Mercedes no le dejó hablar de su libro, esté usted tranquilo, que yo le voy a hablar a todo el que se me cruce por delante de su libro con todo el entusiasmo de que sea capaz.
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