Mi nariz está ciega
Mi nariz está ciega. Eso tiene sus inconvenientes, a qué negarlo. Los estornudos en el momento más inoportuno, como esta mañana cuando llevaba mi café en la mano, y la sacudida de mi cuerpo lo ha derramado sobre mis manos y mi camisa blanca… Yo soy de estornudar sonoramente, en general es como una liberación, aunque hoy me haya quemado los dedos y mi camisa haya quedado como un cuadro de Miró. Otras inconveniencias: los mocos que acompañan, el embotamiento de mi cabeza… En fín, lo que viene siendo un resfriado común.
Tiene, para mí, una sola ventaja, te ciega el olfato. Y hoy lo he agradecido especialmente. He llegado al trabajo en la clínica y el primer perro al que he atendido padecía una gastroenteritis terrible. Ha hecho una diarrea oscura que tenía que oler a mil demonios. Y me he ahorrado eso. Profesionalmente, me he calzado unos guantes de látex, he cogido papel, y he limpiado todo. Ya es bastante desagradable hacer algo así, sentir como la diarrea se escurre entre los dedos, caliente aún; sólo de pensarlo siento náuseas. Percibir también su hedor hubiese sido insufrible. Después la lejía. Huele a limpio, dicen. Para mí es un olor ofensivo, como un bofetón, ¡¡plaf!! Pero desinfecta… Tampoco hoy me ha golpeado.
El resto del día ha sido un continuo ir y venir de canes y mininos. Siempre alegres los primeros, con sus colas latigueando y saltando alrededor, más felices que perdices si les ofreces una caricia, y con una galleta ni te cuento, se sientan, te dan la mano…; mientras que los otros permanecen siempre alerta, desconfiados, atentos a cualquier amenaza que se acerque a ellos, con las garras a punto de “acariciar” las manos del veterinario incauto. Aun así, yo soy gatuno, lo reconozco. Me admira su independencia, esa mirada altiva, displicente, casi perdonavidas. Y al momento siguiente van y se plantan encima tuyo con el motorcito en marcha, rrrrrrrrr, más a gusto que todas las cosas. Cojo lo que quiero y cuando me apetece. No está mal como filosofía de vida.
En fin, un día como otro cualquiera. Hasta que he llegado a casa.
Al entrar por la puerta, mi nariz ha despertado, así, sin preaviso. El inconfundible aroma de la tortilla de patata, que tan magistralmente sabe hacer mi amor, ha actuado como el mejor de los remedios. La mesa puesta, esa tortilla que se me ofrece glotona y generosa sobre la mesa, delicioso pan con tomate, cervecita fría. ¿Qué más puedo desear? Mañana te cuento, caro diario mío, cómo terminó la noche…
Comentarios