No dijo que me necesitaba
No dijo que me necesitaba, no lo dijo, es cierto.
Entonces, ¿por qué me siento así? ¿por qué esta congoja que apenas me deja respirar? Me digo a mí mismo que no es culpa mía. Él ha querido acabar con su vida, dulcemente. No se ha lanzado desde la azotea, ni se ha tirado a las vías del tren. Ni siquiera se ha cortado las venas. Con un temple que no le imaginaba, se ha colocado un catéter en el brazo, en la vena cefálica, ha conectado un tubo a la botella de suero mezclada con un cóctel de anestésicos, y se ha tumbado en la cama, a dormir hasta que la muerte se ha hecho con él.
No puedo evitar echar la vista atrás y ver las señales, más claras ahora, que anunciaban que algo iba mal. En los últimos meses pasó una depresión, estaba hundido, pero sin mas su actitud cambió. En estas semanas finales parecía de nuevo feliz. Bueno, quizá feliz es una palabra demasiado grande, pero lo vi bien, sereno. Volvió al trabajo, quedamos para comer unas cuantas veces. Le preguntaba cómo se encontraba y decía que bien, por fin veo una salida, de verdad, no te preocupes más por mí. Ahora lo se. Decidió morir y eso le dió la paz. Preparó minuciosa y discretamente todo lo que necesitaba y llevó su plan hasta el final.
¿Debería haberlo visto venir? Siento que lo abandoné a su suerte.
Estoy en su casa, recogiendo sus cosas. Su madre me lo ha pedido. Ella está rota, como yo, pero sus pedazos son mucho más pequeños, imposibles de unir.
Encuentro sus cuadernos. Quisiera abrirlos, leerlos, pero los guardo en una caja. No me atrevo. Quizá algún día, si puedo dejar atrás la culpa. Quizá logre entender por qué no me dijo que me necesitaba.
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