Algunos poemas II

Olvido


Ya prendieron el foco,
ya el telón se levanta.
Ha llegado el momento
de subirse a las tablas.


Me acompañan mil miedos,
mil historias pasadas,
pero ya los conozco,
y tanto no me atenazan.


De todos esos miedos
el que reina y destaca
es el olvido del texto;
que quede la mente blanca.


Y yo cierro los ojos,
le digo a mis miedos ¡basta!
Salto al fin al escenario,
solas fluyen las palabras.






Raíces


Miro mis pies desnudos
libres de sarmentosas raíces
que me anclen a una tierra,
o a unas gentes.


Puedo ser un vendaval
y recorrer de un plumazo de tinta
los lugares más recónditos,
territorios ocultos, aún inexplorados
-sí, aún algún lugar así queda en el mundo.


Si se me antoja te rodeo
con mis brazos de viento y lluvia.
Y puedo, por un instante,
sentir tu color dorado,
de metal precioso.


Mas no puedo retenerte,
viento y oro no se mezclan.
No hay raíces en mis pies,
Nada hay que me ancle a un lugar.
Soy libre de vagar por todo el vasto mundo,
pero, ay, condenado a hacerlo en soledad.



Medir


Tengo cuarenta y seis años,
y nací a la vida
hace diecisiete.
Total, que soy
un adolescente de la vida.
Lleno de miedos, de dudas.
Y con la sensación constante,
pertinaz, de haber vivido muerto
tanto tiempo.
¿Cómo medir el tiempo?
No es tarea fácil.
Tengo diecisiete años.
Y mi cuerpo, mi cara,
mi piel, todos mis huesos,
también tienen cuarenta y seis años.
En fin, ando buscando
la manera de andar
a zancadas por la vida.
De correr la vida,
para que mis diecisiete años
alcancen a no tardar
los cuarenta y seis
de mis arterias.
Atesorar experiencias,
vivir fracasos,
celebrar victorias,
para llegar al final
y morir una vida plena.



Observar

Pasan los días y se suceden
a su alrededor los dramas,
pequeñas hecatombes cotidianas,
fumigadoras de corazones tiernos
que tímidamente
intentan florecer.

La empatía es su lema,
-eso pregona sin hablar,
con gestos ligeramente estridentes;
no demasiado, lo justo
para que te gires a observar.
Como si fuera la vida y no un gran teatro.

Porque su corazón,
fumigado también en otro tiempo,
apenas late con la fuerza justa
para mover la sangre por sus venas.
Es un corazón yermo,
incapaz de sentir rabia, dolor, pasión o pena.

Corazón de hormigón, duro como una piedra.

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