Curioso elemento, el tiempo...

El tiempo me acunó cuando nací,
me instalé en él sin ser consciente,
respirando cada instante como si no hubiese mañana.
Era feliz y sufría al momento siguiente,
para sin mas volver a reir de nuevo…
Vivía en el tiempo sin saber qué era eso.
¡Qué mejor forma de vivir en él!
Al ir caminando sobre el tiempo
éste se fue haciendo visible.
Nos fuimos conociendo;
él me miraba sin hablar
y yo lo consumía sin saber,
sin imaginar siquiera,
que cada aliento que tomaba de él
lo iba vaciando.
Intercambiaba preciosos segundos
por experiencias vividas,
aprendizajes que resultaron salvajes,
profundas decepciones,
sangrantes heridas que aún hoy
me sigo lamiendo,
esperando que algún día
dejen de escocer.
Decidí en un momento,
deseando intensamente dejar de sentir,
sentarme y observar,
ver como el tiempo transcurría
y no hacer nada, verlo pasar.
Se hizo lento el tiempo entonces,
parecía esperarme, no querer caminar
si yo no lo acompañaba.
Pero el tiempo se cansó,
y me dejó finalmente caer en un glaciar
mientras él, impasible, siguió su camino.
Congelado, gasté miles, millones de segundos,
que yo creía míos,
pero que el tiempo solo me había prestado.
Aún así en mi interior ardían aun brasas,
restos de incendios
que habían arrasado mi corazón.
Y esas brasas derritieron poco a poco
la cárcel de hielo en que me escondía.
Ahora apenas empiezo a reconectar.
El tiempo, magnánimo, me ha permitido
bracear un poco más sobre su estela.
Y aquí me veis, nadando el tiempo,
despacio, alargando los segundos,
consciente del abismo que me espera
al final del río.
De la catarata ante la que al final
todos inevitablemente recapitulamos,
deseando vivir aun
alguna aventura que poder contaros.

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