La isla

Te levantas a las siete, el sol da luz ya al día tímidamente. Te levantas a las siete, aunque llevas más de una hora dando vueltas entre las sábanas. Las siete te parece una buena hora. Vas al baño, la visión de las toallas desalineadas en el toallero tuerce tu gesto; mecánicamente las recolocas, así está mucho mejor. Levantas la tapa del water y te sientas. Después de realizar esa indigna pero necesaria labor tiras de la cadena, te lavas las manos con jabón, dos veces, y te secas, cuidando de dejar la toalla en su justo lugar.
Vas a la cocina, te preparas un café en tu cafetera Oroley. Abres la despensa y coges la caja de cereales, la de los miércoles. Sacas un yogur de la nevera, lo viertes en el bol y añades los cereales. Desayunas en la cocina, donde ya rezuma el aroma del café. Te das una ducha. Te vistes y distribuyes tu ropa sucia en los diversos cubos que guardan la ropa blanca, la de colores claros y la de colores azuloscuroscasinegros.
Son las ocho y media. En media hora llegará María. Preparas todo lo necesario para el trabajo, te sirves otro café, y te encierras en tu despacho. A los pocos minutos oyes como María entra en tu casa. No puedes evitar que su presencia te incomode, pero es una mujer discreta y eficiente. Recogerá tu habitación y lavará tu ropa. Planchará también y te dejará la ropa sobre la cama perfectamente doblada y clasificada. Por último cocinará; después de tantos años te acostumbraste a sus guisos, quizá lo que más te costó. Sabe que no debe importunarte, y no lo hace. Es final de mes. Tú le has dejado en la mesa de la cocina un sobre con su salario.
En tu despacho, desde tu ordenador, has hecho la compra en el supermercado y seguidamente has retomado ese texto que se te resiste para seguir trabajando en él. A las dos María se va dando un portazo. No lo habéis hablado nunca, pero estás seguro que cierra de ese modo para avisarte de que marcha.
Sales del despacho. Tu comida está a punto. Después de comer te permites una siesta en el sofá del salón. A las cuatro te despiertas y vuelves al trabajo. Has de contestar aún algunos mails y mensajes del móvil importantes.
A las seis y media oyes de nuevo la puerta. Es José, el portero, que te deja la compra del súper en el recibidor. Ya se va.
Sales de tu despacho hacia las ocho de la tarde. Recoges el pedido del súper que José te dejó a la entrada y guardas todo, cada cosa en su justo lugar. Leche, huevos, café, pasta, arroz, productos de limpieza, espuma de afeitar, maquinillas y una brocha nueva. Cada cosa en su armario, frenteando todo como en el súper; no quieres que queden productos al fondo que acaben caducando.

Te preparas un sandwich, tomas un zumo de pera de la nevera y prendes la tele para ver el noticiario. Después conectarás con esa plataforma de contenidos a la que te has inscrito, verás uno o dos capítulos de la serie de Kevin Spacey que te tiene atrapado -cómo se puede ser tan cabrón y caer tan bien- y a eso de las doce te irás a dormir. Esa es tu rutina, esa tu isla, el refugio salvador que crees haber encontrado, ese lugar en el que respirar no es una lucha contra ti mismo y contra todos. Al menos eso te parece a ti...

Comentarios

Entradas populares