Narciso y Violeta
Narciso sale de su casa como cada día, temprano, aislado del mundo, con el ipod gritándole sus canciones favoritas, y parapetado detrás de sus gafas oscuras.
Violeta se ha puesto hoy ese vestido que compró hace unos días y que le sienta tan bien, se ha maquillado discretamente como cada día, apenas una sombra para resaltar esos ojos que hacen honor a su nombre.
Narciso coge el metro en Sants, resignado a verse rodeado de toda esa amalgama de carne, rozando su brazo con otros brazos sudorosos, su piel con otra piel ajena. Respirando mil olores que le golpean el estómago. Intenta evadirse de todo eso a través de la música.
Violeta también toma el metro, no suele hacerlo, pero un imprevisto la ha llevado a ello, justo hoy. Sube en Sagrada Familia a un vagón rebosante de gente. Se queda cerca de la puerta.
Narciso levanta la mirada y no puede creer lo que ve. Vuelve a mirar, esta vez por encima de sus gafas. Es ella, no lo duda. Su corazón se desboca, su respiración se acelera. En su mente aflora el recuerdo de la última noche que pasó con ella. Su piel se eriza al rememorar el contacto con la de Violeta. Vuelve a recorrer su cuerpo con los dedos, a acariciar cada rincón de su piel, a asir con firmeza sus caderas. Esa noche Violeta se abrió a él como nunca lo había hecho antes. Se entregó con una pasión que Narciso le desconocía. Su olor se mezcló con el de Violeta como en un alambique, destilando un perfume embriagador que aún muchas noches cree poder oler en su almohada. Violeta se entregó con la pasión de las despedidas, aunque él no podía sospecharlo en ese momento.
Violeta va escuchando esa canción que siempre le sube el ánimo, no me llames Dolores, llamame Lola, ideal para soportar el trayecto que le espera.
En cuanto ha subido lo ha visto al fondo del vagón. Narciso. Baja la mirada, no puede ser. Después de todo este tiempo, no creía que jamás se lo volvería a encontrar. No quiere mirarlo, no quiere que sus miradas se crucen y tener que volver a enfrentarse a él. No puede, no se siente con fuerzas para responder a todas las preguntas que Narciso querrá hacerle. Su corazón late deprisa. Violeta se impacienta por llegar a la próxima parada y huir de nuevo.
Narciso vuelve a la realidad, abofeteado por el recuerdo del abandono de Violeta, sin razón aparente, después de aquella noche. Se siente azorado por la incipiente erección que despunta en sus pantalones. Instintivamente se aparta de la mujer que tiene justo delante. ¿Lo habrá notado? Un instante después vuelve de nuevo su mirada hacia Violeta. No lo puede creer. Ella baja del vagón justo en ese momento, por un instante sus miradas se cruzan. Él está seguro de que lo ha visto, pero aún así deja el vagón, sin volver la vista atrás.
Violeta baja del metro. Ha podido ver de refilón a Narciso abriéndose paso entre la gente, pugnando por abandonar también ese vagón. Ella camina deprisa, no quiere darse la vuelta, no quiere ver a Narciso bajar tras ella. Sin embargo, cuando escucha el sonido de las puertas que se cierran, se gira. Ahí está.
Narciso lucha contra los pasajeros del vagón, que parecen haber planeado un complot para impedirle el paso. A empellones se abre camino entre la gente, perdón, disculpe, he de bajar, por favor, abran paso, lo siento. La puerta del vagón se cierra en sus narices.
Violeta lo ve, su mano pegada al cristal. Sus miradas se encuentran.
Narciso y Violeta se miran, ahora sí. Los ojos de Violeta parecen hablar por ella. Hablan con miedo, dicen perdóname, lo siento. Los de Narciso reflejan la desesperación del que no entiende lo que pasa, y lloran una sola lágrima desconsolada.
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