Pecado mortal

El día había transcurrido como siempre, yo conmigo mismo, al fondo del aula, como siempre con la cabeza de vacaciones, lejos de la escuela.
En el recreo me he sentado también en un rincón, con mi cuaderno, mi boli bic, y mis ensoñaciones. Los demás no me molestan. Al principio sí; eso de pasarse el tiempo de patear el balón con un boli y un cuaderno era casi un sacrilegio para la mayoría. Cuando Ángel me quitó un día el cuaderno y yo me levanté de golpe y lo embestí, noqueándole, ya nunca más volvieron a meterse conmigo. No se como fui capaz de hacerlo, el temor a perder el depósito de mis pensamientos más íntimos me dio el valor. Ese día visité por primera vez el despacho del padredirector. Recuerdo que al entrar en su despacho, percibí un familiar aroma, mezcla de tabaco y café, que me trasladó por un instante a la cocina de mi casa, por la mañana; mi madre desayunando y fumando un cigarrillo. Sentir ese olor allí resultaba sin embargo chocante. Café y tabaco. El cigarrillo que colgaba de aquel cenicero llamó mi atención. El cenicero tenía la forma y el tamaño de una pequeña mano de niño. Cuando el padre apagó su cigarrillo allí sentí como mi mano ardía; las uñas clavadas en mis puños cerrados. Me preguntó porqué me había peleado y yo le respondí vagamente. Acepté mi castigo sin protestar.

Hoy me ha vuelto a llamar. No sé para qué. Ahora mismo estoy junto a la puerta del despacho, sentado en esta silla tan incómoda. Me hace pasar por fin. Café y tabaco otra vez. Mi mirada se va directa primero al cenicero-mano, pero después repara en otro objeto que hay sobre la mesa.
De repente puedo oler el miedo que suda mi piel, y la acidez que golpea mi glotis y se ahoga en mi boca. Estoy a punto de vomitar, pero puedo retener la náusea.
Sobre la mesa del padredirector reposa mi cuaderno. Miro el cuaderno y lo miro a él. Él está serio, solo me mira a mí. Me pregunta por el cuaderno, yo quiero hablar, pero no puedo. En lugar de eso rompo a llorar. En ese momento alguien llama a la puerta. Pasen, dice el padre. Mis padres entran por la puerta. Todo se vuelve negro.

Estoy en casa, me han expulsado una semana. Mi padre no me habla, y mamá llora en su habitación. Yo me siento sucio y avergonzado mientras leo mis cuadernos por última vez. Mis poemas a Pablo, el recuerdo de su olor cada vez que me cruzaba con él en los pasillos, yo cerrando los ojos y aspirando su rastro, atesorando su olor.
Aquella oda que escribí a Héctor, el año que nos tocó sentarnos juntos y, claro, el roce acabó haciendo florecer el cariño.
Todo esto que he escrito es horrible, pecado mortal, bramó el padredirector. Mi padre va a quemar todos estos cuadernos. Y yo tengo hora con un psicólogo. Mamá dice que es un buen especialista, que podrá curarme de este mal que por lo visto sufro…

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